domingo, 4 de septiembre de 2011

Las 4 Nobles Verdades

Por Jordi Santandreu Lorite

El budismo es una de las mayores religiones del mundo, con alrededor de 350 millones de seguidores, de acuerdo con algunas fuentes. La mayor concentración de fieles está localizada en países del centro, del este y del sudeste asiático (Indochina, Tibet, Nepal, China, Japón, Corea y Ceilán), aunque en Europa y en América se encuentra en franco crecimiento. Incluso la Iglesia católica ha reconocido públicamente el aumento del número de personas que se acercan a esta tradición, “síntoma del malestar que existe en las sociedades de Europa Occidental y que hace tan atractiva la espiritualidad oriental”.

Pero, ¿por qué será que el budismo nos atrae tanto? Por un lado, es natural sentir curiosidad por una tradición cultural tan diferente y exótica: los llamativos rasgos orientales, las túnicas naranjas de los monjes, las majestuosas estatuas doradas del Buda, los templos decorados con lienzos de multitud de colores o el extraordinario misticismo de los Himalayas o del río Ganges. Además, este interés está alimentado por la influencia de la información que nos llega con cada vez más frecuencia y a través de diferentes medios, incluido el cine, con películas tan conocidas como Siete años en el Tibet o Kundun. También es realmente impresionante el papel del Dalai Lama, que está realizando un gran esfuerzo por divulgar las enseñanzas del Buda en todo el mundo. Por otro lado, la ocupación China del Tibet, una de las grandes sedes del budismo y patria del Dalai Lama, ha provocado no sólo el interés sino también la solidaridad de la sociedad occidental.

Sin ninguna duda, otro de los motivos por los que el budismo ha sido tan bien acogido entre nosotros, tal vez el más importante, es porque responde a un vacío existencial presente en el interior de todos nosotros. Puede tratarse de una búsqueda intelectual con el fin de conocer los aspectos teóricos de la doctrina, puede responder a la voluntad de profundizar y aplicar las enseñanzas del Buda o puede ser que nos acerquemos al budismo para comprender y superar un momento de inestabilidad psicológica, la pérdida de un ser querido o algún revés de los muchos que la vida nos tiene reservados.
El budismo es una doctrina eminentemente práctica, en la que predomina el razonamiento lógico y la experiencia personal sobre el dogmatismo ciego que caracteriza a algunos credos. No postula la existencia de un dios, sino que se preocupa, sobre todo, en mostrar el camino que conduce a la superación del sufrimiento humano.
Uno de los principios budistas más elementales sostiene que en la vida nos vamos a encontrar, tanto si queremos como si no, cara a cara con el sufrimiento, palabra a la que dan un significado muy amplio y que se extiende desde una simple incomodidad hasta la misma muerte, incluyendo la aversión, la frustración, la ansiedad, el dolor y otros estados físicos y mentales que nos provocan algún tipo de malestar.
Además del dolor que podamos sentir directamente en nuestro cuerpo o en nuestra mente, existe lo que denominan el “sufrimiento del cambio”, que afecta a las personas que depositan su felicidad en el consumo de bienes y servicios que atañen a los sentidos, o en la satisfacción que obtienen al ser reconocidas o al imponer su voluntad.

El problema de basar nuestra felicidad en este tipo de cosas, es que tras la fase del enamoramiento, tras el entusiasmo inicial que nos despiertan las cosas nuevas y excitantes, los objetos de nuestro deseo suelen perder su gracia con relativa facilidad y pronto dejan de interesarnos o incluso pasamos a rechazarlos. Tras esta decepción, nace el deseo de un nuevo y apasionante objeto, capaz de proporcionarnos, como mínimo, la misma intensidad de placer. Y así, vamos cambiando constantemente de objeto en un ciclo interminable, que oscila entre el momento del encantamiento inicial y el desengaño posterior.
Para el budismo existe, además, un tercer tipo de sufrimiento, de naturaleza latente, omnipresente, inherente al hecho de vivir y que perdura, por lo tanto, desde que nacemos hasta que morimos. La definición de este tipo de sufrimiento es más compleja, pero está relacionada con la falta de libertad a la que estamos sometidos desde el momento en el que tomamos conciencia de pertenecer a este mundo: aquí nos encontramos y nos vemos fatalmente inclinados a luchar por sobrevivir, pase lo que pase.

En cierto sentido, este tipo de sufrimiento también está relacionado con nuestra naturaleza dependiente: desde el momento de la gestación dependemos de un conjunto de elementos que proceden del exterior, de nuestro entorno, sin los que la vida no sería posible o no sería tan fácil y cómoda como lo es ahora. Existen cosas que son absolutamente imprescindibles y cuya carencia nos provoca arduos sufrimientos e incluso nos lleva directos al más allá: los alimentos, el agua, el oxígeno y el calor. Necesitamos además construir edificios en donde protegernos de la intemperie, vehículos para desplazarnos, también cierta educación y una preparación específica para desarrollar una actividad profesional, el teléfono e internet para comunicarnos y obtener información y un sinfín de artefactos y servicios que aunque no son imprescindibles para mantener nuestras funciones vitales, son necesarios para desenvolvernos con cierta libertad y seguridad en la sociedad contemporánea.
Para conseguir y mantener la mayoría de estas cosas tenemos que trabajar, que realizar un esfuerzo continuado durante años y años para pagar las facturas, los impuestos, la gasolina, el colegio de los niños, las vacaciones, etc. Incluso en Occidente, donde gozamos del privilegio de poseer amplios recursos, una economía aventajada y numerosos avances tecnológicos, no dejamos de estar obligados a saciar aun las necesidades más elementales de nuestro cuerpo.
Esta dependencia puede ser interpretada como una pesada carga de la que no nos podemos liberar y, consecuentemente, un elemento más que contribuye a la insatisfacción inherente a la condición humana.

La causa reside en el excesivo apego hacia las personas y hacia las cosas.
Es frecuente entre las personas, y hasta cierto punto natural, desear mejorar la propia situación y la de quienes nos son más queridos: mejorar en el trabajo o en los estudios, tener más dinero, un automóvil mayor o más veloz, un cuerpo más bello y saludable o disfrutar de una vida social floreciente. Sin embargo, también es cierto que la gran mayoría de nosotros nunca está satisfecha con lo que tiene, no importa lo que ya hayamos conseguido. Siempre queremos más y nos resulta extremadamente difícil mantenernos firmes y resolutos ante la tentación de perseguir siempre un poco más. Cuanto más dinero tenemos, más gastamos; Además, solemos pensar muy a menudo: “si tuviera esto... sería mejor”. A veces pasamos las noches en vela repasando mentalmente una y otra vez, todo un conjunto de historias relacionadas con el objeto que nos provoca el deseo o la aversión, después pasamos el día ausentes, ansiosos, se nos va el apetito y el buen humor.
Y, ¿qué sucede cuando conseguimos aquello que más anhelamos? Es evidente que en muchos casos se trata de mejoras objetivamente positivas: un empleo, una relación amorosa (que no es lo mismo que un flirteo), alcanzamos una mayor estabilidad emocional o un cuerpo sano. Pero muy a menudo, las aspiraciones que tenemos son tan superfluas que, en la práctica, alcanzarlas no representa ningún cambio significativo en nuestras vidas, tan sólo se trata de la pura satisfacción de nuestro ego. En estos casos, tras el éxtasis inicial todo suele volver a la normalidad e incluso al tedio, más tarde o más temprano.

En algunas ocasiones, nos apegamos a cosas realmente insignificantes, pequeñas e intrascendentes. Pero pueden ser tantas, al mismo tiempo o una detrás de otra, que acaban por esclavizarnos. En otros casos, el apego es tan intenso o está tan arraigado, que apenas nos damos cuenta tras mucho tiempo alimentándolo o incluso nunca.
¿Y si no alcanzamos el objeto de nuestro deseo? ¡Cuántos suspiros de desesperación llegamos a lanzar! Entonces deviene la frustración, el desengaño, nos enfadamos y a menudo lo exteriorizamos catastróficamente sobre la primera persona que se nos cruza por el camino, que se lleva las consecuencias de nuestra ignorancia. Después nos arrepentimos, nos avergonzamos y nos sentimos culpables por no haber controlado la ira. Es frecuente sentirse deprimido y pensar que somos dramáticamente incapaces de alcanzar la felicidad que siempre se nos escapa de las manos. Es relativamente frecuente, también, recurrir a métodos poco éticos, como el robo, el fraude, la extorsión, el abuso de los recursos naturales o la guerra, como forma de conseguir más poder o mantener el que poseemos.
En definitiva, esta dinámica: deseo-insatisfacción-deseo, es extra-ordinariamente común en el ser humano y fuente de la mayor parte de los conflictos en y entre las personas. Por otro lado, la gasolina que pone en funcionamiento este ciclo es el egoísmo, producto del apego a nociones tales como yo o mío.

Antes incluso que el apego por los objetos materiales, se desarrolla en nosotros el sentido de la individualidad, el cual surge, de hecho, en algún momento de nuestra infancia, cuando empezamos a pensar en nosotros como seres autónomos, entidades permanentes con derechos propios. A partir de ahí, generamos un fuerte apego por nuestro cuerpo, por nuestros gustos y preferencias y actuamos en función de ello, considerando a los otros, en ocasiones, como competidores e incluso enemigos a los que pasamos a temer, envidiar o recelar.
La identificación de nuestras preferencias como lo más importante, por encima de las de los demás y el menosprecio de valores como la solidaridad, la generosidad, el apoyo a los más desfavorecidos o la conservación del medio ambiente, nos empuja con intensidad al deseo de obtener aquello que nos satisface. Una vez nos apegamos al deseo se reanuda el ciclo que nos conduce a la ansiedad, a la frustración, al orgullo y a otras emociones que nos causan insatisfacción a nosotros y a quienes nos rodean.

¡El sufrimiento puede extinguirse!
Las enseñanzas de Buda no acabaron aquí, ¡ni mucho menos! No sólo nos mostró la naturaleza del sufrimiento humano, sino que nos aseguró que existe un método para liberarnos de él o, como mínimo, para reducir sus efectos. Es más, ese mismo método es el que conduce a la meta más trascendental, a la realidad última, a descubrir la verdadera naturaleza de la mente y el sentido auténtico de la vida.
En primer lugar, la doctrina budista nos anima a comprender que todo aquello a lo que nos apegamos posee una naturaleza tan cambiante que incluso podemos considerar, en cierto sentido, que carece de una existencia real. Por ejemplo, cuando estamos enfadados con alguien, esta persona nos parece un ser horrible, insoportable y demoníaco. Pensamos que su naturaleza verdadera es ésa, y lo que alimenta nuestra impaciencia por vernos libre de ella. Pero puede suceder que, por algún motivo en particular o porque simplemente nos hemos olvidado del asunto, esa persona parezca totalmente distinta, encantadora, simpática y definitivamente agradable.
Tras un análisis adecuado, podemos ver que ningún objeto posee un valor objetivo en sí mismo, somos nosotros quienes se lo damos, de acuerdo con nuestra percepción en ese momento determinado. De acuerdo con este razonamiento, si los objetos sobre los que desarrollamos el deseo o la aversión carecen de una existencia consistente, real, no tendrá sentido inquietarnos o enojarnos por su causa.
Una vez comprendido esto, nos resultará más fácil dar el segundo paso, esto es, erradicar el sufrimiento allí donde se origina, en la mente. Cuando abandonamos la tendencia a aferrarnos al deseo, a la ambición, a los pensamientos y a las emociones negativas, nos estaremos liberando del sufrimiento en su fuente.

Cómo liberarnos del sufrimiento
Sidharta Gautama, Buda, estableció un total de ocho requisitos, como colofón final a todo este razonamiento, imprescindibles para quien desea alcanzar la verdadera paz y dicha interiores y liberarse así de toda aflicción. Son muy sencillos, en realidad, ¡pero qué difíciles de seguir! Estos consejos se pueden agrupar en tres grandes categorías: el grupo de la sabiduría, el de la virtud y el de la concentración.

La sabiduría implica un esfuerzo consciente y consistente por adquirir una visión profunda de las dinámicas internas que rigen nuestra vida y la relación que tenemos con el entorno físico y con las personas de nuestro alrededor. Significa interesarse por cuestiones que atañen al mundo interior, a la ética humana y a la sabiduría espiritual. La sabiduría también está relacionada con la práctica de la generosidad, la compasión, la alegría de vivir y la serenidad frente a cualquier circunstancia.

En el grupo de la virtud, Buda insistió en la necesidad de expresarnos de un modo sincero, afectuoso, claro y positivo. Se incluye también aquí una ética de comportamiento básica, que incluye no matar, no robar y no causar daño a los demás. Aunque sobre todo se trata de mantener una actitud interna o una motivación positiva, sincera, pacífica, conciliadora y compasiva, hagamos lo que hagamos. Asimismo, propone que nos esforcemos por tener un modo de vida digno.

El tercer grupo, el de la concentración, se basa en tres realidades básicas: en primer lugar, en la importancia de mantener una vida activa, dinámica y equilibrada, sin excedernos en ningún caso. Hace especial hincapié en mantenernos constantemente alerta para prevenir y eliminar los estados mentales nocivos, como el deseo, el odio, la ansiedad, la pereza o la duda, así como para desarrollar resueltamente y mantener aquellos estados positivos, como la paz interior, la claridad mental, la confianza, el optimismo, la alegría y la cordialidad.
En segundo lugar, todavía en el grupo de la concentración, el Buda insistió en el hecho de permanecer atentos, de manera objetiva y desapegada, a los pensamientos y a las emociones que generamos, a las sensaciones del cuerpo, a lo que estamos haciendo en cada momento, atentos a lo que nos están diciendo y atentos a no dejarnos engañar por las apariencias.
Finalmente, en este último apartado está indicada la práctica de la meditación, entendida como aquel método psíquico-físico cuyos objetivos básicamente son, por un lado, alcanzar un estado de absoluta paz interior, y por otro lado, descubrir y desarrollar la naturaleza esencial de la mente: pura, radiante y luminosa.

¿Cómo aplicar estas nobles verdades en nuestro día a día?
Supongamos que sentimos al-guien nos hiere, nos hace daño, nos perjudica deliberadamente, nos roba o insulta a nuestros hijos o a nuestros amigos, o está de parte de quien nos hace daño y lo apoya. O podemos recordar cualquier otro tipo de sufrimiento mental o emocional que nos provocó una sensación desagradable, insatisfactoria.
Observa la situación objetivamente, observa tu insatisfacción y podrás advertir que el sufrimiento que vives también puede afectar a cualquier persona de este mundo, sensaciones semejantes son experimentadas incluso en simultáneo en diversos y distantes puntos del globo. El sufrimiento está ahí, existe, lo vivimos en nuestra experiencia.
A continuación analiza la causa de ese sufrimiento y verás que detrás de él reside el deseo o la aversión hacia algo, está envuelto tu yo, tu ego, tu poder, tus intenciones, tus anhelos, te sientes mal porque algo que tiene que ver con tu deseo no se ha cumplido: tal vez te sientes una persona frustrada, desengañada, querrías que la situación fuese diferente, como tú la esperabas. Si te han robado algo o si has perdido algo o a alguien, sufres por causa de tu apego a ese objeto o persona, porque piensas que tu vida no puede continuar sin eso, que ya no estarás bien, que tu mundo sucumbirá, que tu relación con los demás cambiará, que ya no podrás gozar de la vida nunca más.
Para liberarte del sufrimiento, porque es posible, libérate del apego, de tu fijación por la causa. Relativiza el valor y la importancia de aquello por lo que sufres y déjalo marchar, como el viento cuando se lleva una hoja caída de la rama de un árbol: lo que perdiste, tal vez no regrese más, entonces, ¿qué sentido tiene anclarse al pasado? Si todavía lo puedes alcanzar, asegúrate de que lo necesitas realmente, de que no es un deseo superfluo, de que no te estás dejando llevar por la sensualidad, por el placer de los sentidos. Esfuérzate entonces al máximo por conseguirlo, aunque si no lo logras, trata de aceptar el hecho con resignación. Quizás puedas intentarlo en otra ocasión o contribuir para que otros lo logren. En ningún caso te enojes, y si lo haces, sé consciente del riesgo que corres y libérate de esos pensamientos nocivos, siéntate en meditación, respira profunda y calmadamente, e imagina cómo salen de ti y se van lejos, hasta desaparecer en el horizonte.

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